Es un buen momento para acabar con la simulación y dar competencia real a instituciones, cuyo eje rector no sea el cálculo político
EMILIANO MEDINA
Es difícil pensar en política en medio de un Mundial. Aun así, no es difícil verla: está en la selección de Irán concentrándose en Tijuana y en las madres buscadoras protestando en las inmediaciones del Azteca horas antes de la inauguración. En la CNTE amagando con posponer el Fan Fest del Zócalo y en la retórica de Morena al decir que no son iguales, porque ellos ven el mundial con el pueblo y a ras de suelo. Ante todo, eventos como la Copa del Mundo nos recuerdan que son eminentemente políticos.
La inauguración de este Mundial 2026 reavivó un debate que la 4T viene plasmando en la esfera pública desde hace bastante tiempo. López Obrador lo sintetizó bien con la frase: “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Desde que su partido llegó al poder, una de las grandes consignas ha sido trasladar ese discurso al estilo de vida de sus funcionarios. Muchos de ellos han estado en contra –la lista de políticos con estilos de vida lujosos es amplísima, incluyendo a los propios hijos del expresidente– incluso hay quienes públicamente se han pronunciado reticentes; Fernández Noroña ha dicho que la austeridad no debe ser una obligación. Aun así, para la inauguración del Mundial la consigna del partido fue clara: desde la presidenta hasta los gobernadores, todos a ver el fútbol a los Fan Fest con el pueblo.
Considero que la estrategia le salió bien al partido oficialista: mientras ellos estaban en las plazas públicas con las grandes mayorías que no se pueden permitir acudir al Azteca, miembros de la oposición se codeaban con empresarios e influencers para vivir en carne propia el evento del año. A pesar del mensaje político, creo que esta idea de trasladar la austeridad a la esfera privada es un arma de doble filo: puede ayudar a denunciar a funcionarios que, en efecto, están incurriendo en actos de corrupción; pero también puede ser un estándar moral que sólo alimenta la simulación, pues basta con que no vean a uno tener lujos, para justificar la honradez propia.
Este debate demuestra que, sin instituciones formales, autónomas y con independencia de facto, el discurso de la austeridad pasa a segundo plano. Eventos como el de la Casa Blanca de Peña Nieto lo demuestran: de muy poco sirve denunciar casos de conflictos de interés si los nombramientos de la extinta Secretaría de la Función Pública los hacía el expresidente –el mismo patrón se repite con la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno– Entonces, si se busca acabar con la corrupción ¿no se les debe garantizar competencia e independencia a las instituciones responsables? más allá del mensaje político, ¿qué utilidad real tiene que algunos políticos asistan al evento, mientras que otros lo vean con la mayoría de los mexicanos? El mensaje debería ser que se castigue a cualquiera que incurra en un acto de corrupción o de enriquecimiento ilícito; no que la honradez se mida por el estilo de vida.
“La política es hablar con la verdad, es hacer a un lado la simulación”, solía decir López Obrador. Entonces ¿a quiénes de los que estaban en el estadio es posible acusar de corruptos y a quiénes de los que lo vieron frente a una pantalla calificar de honrados? Ojalá fuera tan sencillo distinguir. En ambos lados se tienen indicios, señalamientos y carpetas de investigación. Es un buen momento para acabar con la simulación y dar competencia real a instituciones, cuyo eje rector no sea el cálculo político. Todos lo ameritamos.
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